sábado, 18 de octubre de 2008

La perfección hecha mármol

Piazza della Signoria, Reproducción del David de Michael Angelo
FOTO: Glo Ribas, Firenze 2007

Creo que uno de los mayores aciertos que he hecho nunca ha sido viajar a la magnífica ciudad de Firenze. Toda ella es una maravilla y no pasa un día que no recuerde sus calles, sus plazas, sus puentes, sus edificios, su arte, su gente...

Normalmente la gente que la visita sufre el conocido Síndrome de Sthendal por la acumulación de belleza y cosas por ver. Pero a mí me pasó todo lo contrario, fue al llegar a mi ciudad que me ocurrió... De repente mi ciudad se convirtió fea, sin apenas contenido por ver y sin ningún aliciente estético- artístico para lanzarte a la calle y explorar cada rincón. Sinceramente sólo llegar quería volverme a ir... complicado de explicar y más difícil de entender.

De la ciudad, como he dicho, destacaría miles de cosas (supongo que no será la única vez que hable de ella así que ya os iré comentando) pero quiero centrarme hoy en una escultura, mejor dicho la escultura por excelencia del Renacimiento: el David de Michael Angelo Buonarroti.
Del David no quiero haceros una explicación formal porque una explicación de éste tipo se puede encontrar en cualquier enciclopedia o en cualquier manual de arte, sino que me gustaría contaros mis sensaciones al verlo y admirarlo.

Recuerdo entrar en la Galería de los Esclavos, esta conduce a la Tribuna del David. Al andar entre ellos, inacabados, me daba la sensación que tenía que explotar la masa de mármol que apretujaba sus músculos y se echaran a andar... parece que estén colocados allí para proteger, vigilar o estar al servicio de la gran estrella de la Galleria dell'Accademia.
Al fondo del corredor está Él. Cuando te sitúas enfrente de la escultura no sabes por dónde empezar a mirar... toda ella es sublime, perfecta.
Lo primero que hice fue sentarme en la parte posterior de ella. Des de allí admiré toda la musculatura, los dedos de la mano, la textura del mármol... me quedé literalmente sin palabras. Sin decir nada, y sin apartarle la vista, le rodeé por la parte trasera hasta colocarme enfrente de él. Me senté en uno de los bancos, me cogí la cara entre mis manos con los codos reposando en mis rodillas y le volví a admirar. Sin prisa, sin ganas que nadie me estropeara este momento, mi momento... Lo analicé por partes: la cabeza, el torso, los brazos, las manos, las piernas, los pies... todo era perfecto. Los huesos marcados, las venas en tensión, su mirada al infinito mostrando una fuerza y una astucia sin igual...
Llegaba la hora de irme, no por ganas porque cada vez que le miraba cada vez que apreciaba un detalle nuevo. Salí por donde entré, por la Galería de los Esclavos. Iba andando hacia la salida pero no podía evitar girarme y mirarle de nuevo como si tuviera miedo que al salir por la puerta su imagen se me borrara de mi mente como por arte de magia.

Al verle tuve la misma sensación que al ver la Capilla Sixtina: aparte del hecho de no poder dejarlo de mirar, la sensación de ponerme a llorar. Sé que suena infantil, por decirlo de algún modo, pero el hecho de ver uno de los mayores iconos de la historia del arte enfrente de mí me supone un respeto impresionante y automáticamente me traslado a su época e imagino al autor trabajar en esa obra...

Me gustaría terminar hoy con una de las grandes frases de Michael Angelo:
"Con el toque del cincel la piedra cruda y fría se convierte en un molde viviente. Cuanto más se gasta en mármol, más crece la estatua"

No hay comentarios: